A la altura de los peajes de la Autovía del Este, y debe ocurrir en el resto del país, el carril de Paso Rápido promete lo obvio: flujo, agilidad, cero filas. Pero ya es normal que el guion se rompe con la misma escena: un vehículo entra al canal exclusivo sin saldo, o sin etiqueta de Paso Rápido, la barrera no cede y, de inmediato, el conductor mete reversa.
En un recorrido realizado el pasado fin de semana de ida y vuelta, viernes y domingo, por este periodista, en todos los peajes desde la autopista Las Américas hasta Punta Cana, había conductores dando reversa en al menos uno de los carriles de Paso Rápido.
Frenos, bocinas, manos al aire. La línea completa que viene detrás debe abrirle paso al vehículo y el conductor que intenta resolver su propia imprudencia en medio de varios carriles aún en movimiento. Paso (no tan) Rápido.
Se trata de un comportamiento repetido que expone una falla doble: conductores que se arriesgan creyendo que "pasa" sin saldo o que bastará con enfrentar la multa después, y ausencia de fiscalización efectiva para desincentivar la maniobra que, por segundos, convierte el peaje en un embudo peligroso.
La autovía, que en términos generales exhibe buenos indicadores de seguridad, carga con este punto ciego que no depende del asfalto, sino de la cultura vial y de quien debe ordenarla.
La coreografía del error
La secuencia está aprendida por los habituales: el vehículo se aproxima al pórtico, la luz no cambia, el lector no reconoce saldo y el sistema emite un aviso.
El conductor duda, mira a los lados, calcula el "yo me devuelvo" y empieza a maniobrar hacia atrás. La fila, que no esperaba el retroceso, debe reaccionar en cadena: frenar, abrirle espacio, proteger su propio lateral de los que sí avanzan por los carriles contiguos. Todo queda al filo de la improvisación.
Ese retroceso, aunque "cortito", mezcla factores de riesgo: ángulos muertos, camiones con menor capacidad de frenado y la prisa de quien llega rápido pensando que pasará en un santiamén. Una distracción, un espejo mal regulado, una percepción errada de distancia… y el susto puede convertirse en tragedia.









