"Este es un país inmenso, con mucha tierra, agua y recursos para producir. Hay que fomentar la producción (…); el problema es que la mayoría de lo que se compra es importado, observó Misson al respecto.
Los volúmenes actuales de langostinos resultan ínfimos si se comparan con la tilapia, que entre el 2020 y el 2024 superó en promedio los 3.5 millones de libras anuales. Aunque se trata de un cultivo distinto —y que representa cerca del 90 % de la acuicultura nacional—, la diferencia ilustra el rezago del langostino frente a otros rubros acuícolas.
El cultivo que no prosperó como se esperaba
La siembra de langostinos de río en el país comenzó gracias a la asistencia técnica que Taiwán otorgó a Dominicana y otros países de América Central en los 80 con el objetivo de contar con una especie de mayor crecimiento, menos agresiva y económicamente más viable que las de camarones nativos de la región.
De todas las naciones que intentaron sembrar este cultivo, solo la República Dominicana logró su inserción exitosa para fines comerciales, según reseñan la Organización Mundial de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Instituto Dominicano de Investigaciones Agropecuarias y Forestales (Idiaf).
Misson, quien es inglesa y llegó a la República Dominicana en 1993, incursionó junto a su esposo en ese entonces, el francés Richard Leclerc, en un cultivo que "parecía interesante" por ser incipiente y prometer rentabilidad.
"Habían varios proyectos en el país entero, proyectos quebrados que estudiamos mucho para saber por qué, para no cometer el mismo error. Y nos pareció un producto interesante", afirma la agrónoma de profesión, quien asegura "pasó de todo" para mantener, hasta el día de hoy, un producto de alta calidad cosechado a muy baja densidad –un langostino por metro cuadrado– para suplir lo que su clientela –marcas hoteleras y restaurantes de alta gama– demandan.
Sin capital propio y sin acceso a financiamiento, los pequeños productores que intentaron prosperar en ese cultivo tuvieron una experiencia distinta, de acuerdo al Idiaf: los eventos catastróficos –como huracanes y tornados–, el alto costo de producción y la dificultad de acceder a créditos diferenciados, hizo que la mayoría de los acuicultores locales abandonaran la producción a nivel nacional, según una publicación de la entidad que data del 2007.
Fue justo en ese año cuando las tormentas Olga y Noel frustraron la producción de langostinos de Florentino Ventura, un pequeño acuicultor que sembraba en Copeyito desde el 2000.
"Perdimos todo, quedamos en cero", afirmó el productor, quien se quedó sin un importante cliente de Punta Cana que tenía en aquel momento que comenzó a importar camarones, porque le salían más baratos.
El dilema con las importaciones
Desde entonces, retomar los langostinos para Ventura nunca fue igual: intentó continuar con sus propios medios y capital, pero "no había a quien vendérselo". La importación de cola de camarón competía: si en ese entonces vendía la libra de langostinos enteros a 135 pesos, la cola de camarón marino importado costaba solo 60 pesos.
intentó mantener como pudo la producción, junto a otros cultivos como tilapia y mero basa. Pero las restricciones de la pandemia en el 2020 representaron un duro golpe para su granja. Aseguró que los préstamos a tasa cero facilitaron aún más las importaciones de camarones y de tilapias, en un contexto en el que los alimentos para crustáceos y peces –que representan el 60 % del costo de producción en la acuicultura– se dispararon.
Los langostinos son crustáceos que toman dos meses en su fase larvaria y post larvaria, y alrededor de cuatro meses para su cosecha, por lo que un acuicultor necesita al menos ocho meses de inversión para ver la primera entrada. Carecer de un mercado seguro al cual venderle compromete la sostenibilidad económica de un proyecto de esta naturaleza.
Ante esta situación, e impedido de poder continuar por sí mismo la acuicultura tras perder una pierna por la diabetes hace varios años, Ventura se apoya en familiares y conocidos. Vive del ganado y en sus estanques, muchos de ellos entre la maleza, solo cuentan con unas 2,000 tilapias que cría para consumir y vender a la misma gente de la zona.
La solución a las importaciones no es tan sencilla como detenerlas, precisó el director de Recursos Pesqueros de Codopesca, Ángel Luis Franco, quien aseguró que las variedades que se producen en el país no se importan.
"Los otros camarones, como los de agua salada, no se producen en la República Dominicana. Nosotros no tenemos la facultad, la potestad, de poder frenar esa importación, porque entraríamos en un tema de comercio desleal frente a la Organización Mundial del Comercio si el importador pusiese alguna demanda contra el país referente a eso", aseveró.
Dependiendo el tamaño, Misson vende la libra de langostinos entre 250 y 320 pesos la libra sin impuestos, ya que es un producto gravado. "Mi precio es mucho mayor al del camarón importado, claro, pero hay gente que entiende que vale la pena", manifestó.
Un mercado con más potencial en el turismo
Richard Leclerc, ex esposo de Corinne y fundador de Gambas del Caribe en Bayaguana, provincia Monte Planta, llegó a producir hasta 150,000 libras anuales de langostinos para suplirle a los hoteles de la costa este.
Aún así, su experiencia para comercializarlo fue "bastante difícil", desistiendo en el 2010 y concentrándose en producir tilapias, carpas, pacús y mero basa, el principal producto al que está apostando su granja ahora mismo.